Miley Cyrus

¿Es arte el toreo?

¿Es arte el toreo?

El Toro es cultura, existen numerosas referencias a lo largo de la historia, pero ¿es también arte como defienden los taurinos? La fiesta taurina es símbolo del dominio del ser humano sobre la bestia. Apenas ha evolucionado a lo largo de la historia. El principio es el mismo y el resultado (el animal muerto), también.

Intervención de SPY

Intervención urbana de SPY

Es indudable que el toro es cultura, y como tal, el arte se hace eco de ello. Pero es discutible que el hecho de maltratar a un animal sea considerado arte en sí mismo, que es, en esencia, lo que se ve en el ruedo, por mucho que lo adornes con trajes de luces, música y gestos solemnes.

es discutible que el hecho de maltratar a un animal sea considerado arte en sí mismo

¿Por qué los pro-taurinos lo consideran arte? El torero requiere habilidad, fuerza y destreza. Igual, por ejemplo, que los gimnastas. ¿Son entonces los gimnastas artistas? No porque también requiere valentía. Entonces, ¿es Fernando Alonso un artista? Deslizarse montado en un vehículo por una carretera llena de curvas a más de 300 Km./hora se puede considerar una «danza con la muerte». ¿Y los jugadores de chess boxing? No se juegan la vida como los toreros, pero se pueden quedar sonados y ya no podrían practicar chess boxing, quizás sólo boxing, pero no es lo mismo que ponerse delante de un bicho de 600 kilos con unos cuernos enormes, ¿no? No sé, resulta discutible.

Es muy probable que algún defensor de los toros me tache de inculto, suelen llamar incultos a los anti-taurinos, y es posible que lo sea (ambas cosas). También es probable que saquen una ristra de frases de ilustres para que vea lo inculto que soy. Pero lo cierto es que cada vez está menos presente en nuestra cultura, y que si se mantiene con vida es, en parte, gracias a que sigue siendo rentable económicamente. No lo podemos negar, atrae a turistas. Aunque no tengo muy claro a qué nivel porque las plazas de toros no se abarrotan de ellos.

Tampoco tengo claro que esa cultura sea la mejor para exportar. No da una imagen de país moderno y civilizado, precisamente. No encuentro la más mínima sofisticación en el hecho primitivo de que un hombre domine a un animal. Parece propio de otros tiempos, de una sociedad primaria. Realmente todo lo relacionado con los toros huele a rancio.

La cuestión más importante es que no se puede defender desde ningún punto de vista la fiesta taurina sin tener en cuenta la éticaUna sociedad educada en la insensibilidad al sufrimiento, es una sociedad menos humana.

Fran Rivera torea con su hija de meses en brazos

Fran Rivera torea con su hija de meses en brazos

La imagen del torero Francisco Rivera con su hija de pocos meses en brazos toreando una vaquilla resulta impactante para una sociedad que ha evolucionado. Es cierto que hay mucha hipocresía, nos mostramos muy sensibles con el maltrato animal y al mismo tiempo impasibles ante matanzas humanas lejanas, pero no hay duda de que se va avanzando en los derechos humanos, en igualdad racial o de género, en la protección hacia los menores, e indudablemente, en la de los animales. También es evidente que tenemos en nuestro ADN la Fiesta de los Toros. Los españoles asumimos como normal la imagen de un animal sangrando por la boca cuando es salvajemente maltratado hasta la muerte. A lo mejor es una cuestión meramente de estética social, pero eso empieza a cambiar. Cada vez se tolera menos las imágenes de toreros empitonados salvajemente o siendo zarandeados como peleles. Van desapareciendo de la televisión las corridas de toros en directo, o los resúmenes los sábados por la tarde. Volviendo al tema de Rivera, el torero, que publicó él mismo la imagen, se justificó diciendo que es algo que se había hecho siempre en su familia (eso de poner en riesgo la vida de su propia hija). Pidió que se respetasen sus tradiciones y que la niña más segura que en sus brazos no podría estar nunca, ya que es torero «por la gracia de Dios». Llamativa es su sorpresa ante la reacción de una sociedad que se escandaliza con estas cósas, porque evidencia el estancamiento de una tradición que ya no encaja en la sociedad actual. Parecen ajenos a los cambios, como si vivieran en una burbuja atemporal.

La cuestión más importante es que no se puede defender desde ningún punto de vista la fiesta taurina sin tener en cuenta la ética.

La sensibilidad de la sociedad ha cambiado mucho en las últimas décadas. La migración de la población desde zonas rurales hacia las ciudades ha hecho que cambie la relación del ser humano con los animales. Los vínculos que se crean son distintos. Los perros, por ejemplo, en los pueblos siempre han servido a las personas, se les tiene cariño, claro, pero tenían una función (cuidar de la casa o el rebaño, para la caza, etc.), al igual que el ganado, los animales de carga o de corral. En las ciudades son un miembro más de la familia. En el mundillo taurino los animales tienen una función lúdica, de espectáculo. Un ganadero cría a los animales, unos toreros los matan (los que lo hacen bien ganan más) y un empresario cobra unas entradas a precio de oro, que es el que reparte el pastel. El hecho de que la fiesta taurina vaya perdiendo fuerza, en mi opinión, va estrechamente ligado a la diferencia del vínculo existente con los animales entre las zonas rurales y las zonas urbanas. Viviendo en un pueblo sabes que los corderillos acaban en la caldereta. El que está acostumbrado a ver la matanza del cerdo tiene menor predisposición a sufrir la muerte de una mascota. Al contrario, una persona que se ha criado en ciudad, tiene más posibilidades de sufrir amargamente la muerte de su gato, conejo, o agapurni azul.

Hay más ejemplos representativos de que la sensibilidad hacia el sufrimiento animal está cambiando. El rey Juan Carlos fue duramente criticado por sus escapadas a África para cazar elefantes. Hace unos días, César Cadaval, de los Morancos, tuvo que salir al paso como pudo porque se publicó una imagen suya con una escopeta de caza en la mano y un guepardo muerto a sus pies. Poco después, alguien en las redes sociales ha publicado fotos similares de personas (parejas, incluso familias enteras) en pose similar junto a leones, guepardos, gacelas y elefantes, a los que han insultado y llamado de todo menos bonito. Amigos, si os gusta cazar animalitos, haced un esfuerzo y sacudíos la tentación de la foto con el trofeo, o lo pagaréis con un escarnio público brutal. Hay ciertos ámbitos sociales que aún no se han dado cuenta de que las cosas no son como hace un par de décadas.

En mi opinión, los toros son un espectáculo, como los deportes, y en nada se parece al arte. La gente va a la plaza a pasar la tarde, aplauden, comentan, fuman puros (ahora, supongo, ya no se puede), disfrutan con los pasodobles de la banda de música, silban al toro o al torero, sacan pañuelos para que le den la oreja al torero, toda una liturgia festiva, vamos.

Mosaico de gladiadores bestiarii de la Antigua Roma

Mosaico de gladiadores bestiarii de la Antigua Roma

No encuentro el mensaje, estética sí, como en cualquier deporte. Las chicas de gimnasia artística no van reivindicando que lo suyo es arte, a pesar del nombre, y lo que hacen es increíble. La única diferencia respecto al deporte es la emoción del hombre al matar a un animal, el riesgo, el morbo de la sangre. El toro armado únicamente con su instinto de supervivencia y sus dotes naturales. Es una lucha de instintos, pero absolutamente desigual, puesto que el hombre cuenta con la razón, con banderillas, con lanzas y espadas, con la enfermería y una ambulancia, con un fajo de billetes y la puerta grande esperando en caso de triunfo. El «arte» de la lidia sólo existe en la arena de la plaza, versión moderna del Anfiteatro. El espectáculo de los gladiadores fue el fútbol de la Antigua Roma. Algunos bestiarii, gladiadores que luchaban en la arena contra animales salvajes, eran arrojados a las fauces de tigres, osos o leones. Otros se lanzaban voluntariamente a cambio de monedas. Los mejores se convertían en ricas y famosas figuras. En los espectáculos de gladiadores, los propios espectadores podían decidir con un gesto de su mano si los derrotados sobrevivirían o no. En los actuales espectáculos taurinos se sacan pañuelos y los trofeos son las orejas y el rabo del animal muerto.

Después del espectáculo no queda nada, salvo la sangre de la fiera, del noble toro o del gladiador. Ocasionalmente también del torero.

Mosaico que representa gladiadores de la Antigua Roma

Mosaico que representa gladiadores de la Antigua Roma

El teatro o el cine, una vez se cierra el telón, te deja un poso de alegría, de tristeza, de amargura, te hace reflexionar. Un genial bailarín, un virtuoso músico, o un gran actor, hablan con los lenguajes universales de la plástica, la expresión corporal, lingüística, o escrita. Un torero sólo es entendido desde la cultura de los toros, es casi como la fe, o crees o no crees.

Es cierto que el arte resulta hermético muy a menudo, y que está sujeto a la subjetividad, a la libertad de expresión. Pero entonces el grupo Mecano o Miley Cyrus, también lo son, porque la música pop también es cultura. Y si apelamos a la subjetividad, me puedo quitar un zapato y ponérselo en la cabeza a un señor que pasa por la calle y decir que es arte, porque lo digo yo y punto. Desde ese punto de vista, un torero puede decir que lo suyo es arte, sin duda. Entramos en el debate de los límites del arte. La música es un medio de expresión además de un mercado muy lucrativo cuando hablamos de música popular. El cine o cualquier medio audiovisual también. En el caso de los toros está claro que hay un mercado detrás, pero yo no tengo claro que además exprese algo más de lo que pueda expresar el deporte aparte de la morbosa emoción del peligro a la muerte.

La única diferencia respecto al deporte es la emoción del hombre al matar a un animal, el riesgo, el peligro, el morbo de la sangre.

 

Hay ARTE con mayúsculas, inapelable, Caravaggio, Cervantes, Le Corbusier, y me atrevo a decir que Hayao Miyazaki. Luego están los que se cuelan en el mercado artístico sin merecerlo (no voy a mencionar a ninguno por no enfadar a más personas), y los toreros, que se auto-proclaman artistas y hablan de la universalidad de los toros y la supuesta raza única del toro de lidia (nacido y criado para ser torturado en la plaza). Únicamente para evitar que se acabe para siempre con la brutalidad de su muy bien pagado «oficio».

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Intervención de SPY

No he visto ni una sola obra en ARCO, o al menos no lo recuerdo, que haga referencia al mundo taurino. Sí me vienen a la memoria algunas intervenciones urbanas bastante críticas del artista SPY. El hecho de que hace casi medio siglo al menos, numerosos artistas (Hemingway, Goya, Alberti, Lorca, Cervantes,…) rindieran homenaje o se inspiraran en los toros no significa que deba suceder siempre. Seguro que en tiempos de la Antigua Roma había «figuras» del arte de cortar cabezas humanas o de animales en la arena del Anfiteatro a los que les cantaban canciones. Eso ya no ocurre, afortunadamente, y con los toros empieza a suceder lo mismo. El mercado del arte no se hace eco de las gestas toreras, los cantantes pop no les dedican canciones, y el cine produce escasas películas con temática «toros» y la mayoría de calidad discutible. Atrás quedaron las actrices de Hollywood y sus escarceos con toreros.

Seguiremos, eso sí disfrutando de la ópera de Bizet o de los dibujos de Picasso, pero la sociedad avanza, el arte también.

Enlaces de interés:

http://arquehistoria.com/la-degeneracion-de-las-venationes-ad-bestias-19057

http://www.elperiodico.com/es/noticias/extra/moranco-cesar-cadaval-foto-polemica-caza-leopardo-safari-4996806

http://www.eldiario.es/andalucia/Rivera_0_477353034.html

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Publicado por jesusfnavarro en Arte, Post, 0 comentarios
Videoarte y videoclip. Arte y cultura popular

Videoarte y videoclip. Arte y cultura popular

Miley Cyrus. Fotograma de Dooo it!

Miley Cyrus. Fotograma de Dooo it!

¿Qué diferencia a Lady Gaga o Miley Cyrus de los artistas de videoarte? Los temas a menudo son los mismos: el sexo, la muerte, la tecnología.

La imagen  tiene un poder enorme de comunicación, que ha sido usado a través de los siglos por el poder con fin adoctrinador. Los templos, lugares de mayor concentración de personas, eran los espacios elegidos para mantener controlado al pueblo. Toda la iconografía cristiana está basada en el miedo a través de símbolos fácilmente identificables, con el Pantocrator siempre por encima de nosotros, que nos observa con su mano levantada, que más parece amenazar que bendecir.

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La imagen en movimiento es más poderosa. Las salas cinematográficas se convirtieron, ya en el siglo XX, bajo el control de los gobiernos, en los nuevos templos de adoctrinamiento. Los norteamericanos, con «Nacimiento de una nación» de Griffith. Los soviéticos, con «El Acorazado Potemkin», de Eisenstein. Los nazis, con Goebbles manejando el aparato propagandístico de Hitler, y Leni Riefenstahl como cineasta del Tercer Reich. Bajo la premisa de ensalzamiento de la ideología del régimen, se va construyendo un nuevo lenguaje, el lenguaje cinematográfico.

Ya a finales del XX, la televisión supuso un cambio sustancial en el estilo narrativo y en el lenguaje, pero mantiene su carácter de propaganda. No hay que olvidar que nace en un momento social y económico de prosperidad, en el que el consumo se convierte en un nuevo dogma, en un arma de manipulación masiva al servicio de las grandes marcas, que utilizan su poder no sólo para vender sus productos, sino para modelar a la sociedad en unos gustos, en unos hábitos, apropiados a sus intereses, que gracias al televisor, ya no necesitan trasladar a la gente.

El videoarte nace como una reacción contra el mensaje banal y puramente comercial de la televisión, Nam Jun Paik, Wolf Vostell, Gary Hill, Bill Viola, o el Grupo Fluxus entre otros, quisieron crear un nuevo lenguaje visual no basado en la representación y el adiestramiento ideológico de la televisión y el cine, de una forma similar a como lo hicieron los dadaístas o los surrealistas en pintura.

Comienzan así muchos movimientos artísticos, como una reacción contra lo establecido. Es cierto que también surgieron artistas más comprometidos que utilizaron el cine, la televisión y el videoclip para hacer crítica, obras más personales e independientes. Grupos musicales como Pink Floyd, cineastas como David Cronemberg, le dieron un sentido más comprometido y experimental a medios como el videoclip o el cine. Pink Floyd, al que se recuerda más por las iconoclastas imágenes de sus videoclips que de su música, es de una indudable calidad artística, pero su trabajo fue haciéndose cada vez más comercial y unido a grandes espectáculos en directo. Cronemberg, con obras como Scanners, The dead zone, y sobre todo Videodrome, película experimental, simbólica y muy crítica con el medio televisivo, se convirtió en obra de culto.

El videoclip forma parte del entramado de mercadotecnia de la cultura popular, y tiene un fin marcadamente comercial, que se ha apropiado de parte de la creatividad que surgió de trabajos experimentales como la performance, el happening, el videoarte, que, durante los sesenta y setenta, trataban de crear nuevas formas de expresión, aprovechando los avances en tecnología.

El problema que se plantea en el videoarte, y se puede hacer extensible a otras expresiones artísticas, es que trata de usar los mismos instrumentos que usan los mass media. El videoarte necesita la tecnología, y las empresas tecnológicas están al servicio de los intereses económicos, por lo que sus productos están diseñados para el consumo. El videoartista utiliza distintos códigos lingüísticos con la misma tecnología que el vídeo y la televisión, códigos menos atractivos para un público general, (entrenado, ideotizado y ávido de productos de fácil digestión). Eso sí, atrayentes para un público más selecto, que introduce la obra en el mercado de la exclusividad y el postureo social, que a su vez utiliza la obra para subir en el escalafón social.

Algo similar le ha ocurrido al Arte Urbano, su mensaje es directo, rebelde, antisistema, indomable. Hasta que dejó de serlo. Los movimientos mainstream acaban siendo, más tarde o más temprano, engullidos por la maquinaria consumista. Ahora tenemos símbolos callejeros y graffitis hasta en los diseños de Channel. Pero aunque algunos símbolos o códigos hayan sido fagocitados, digeridos y finalmente transformados en (no diré la palabra) productos listos para ser vendidos, siempre estará la calle, lista para ser mancillada con sprays y botes de pintura.

Pero el videoartista necesita la pantalla para mostrar su trabajo. La lectura de la obra con códigos opuestos a los que el ojo y el cerebro, adiestrados a una serie de formas, estilos narrativos, ritmos, está acostumbrado, se ve seriamente mermada, y eso repercute negativamente en su capacidad de difusión. Estamos viendo a diario cuales son los intereses del público general en la viralización de los vídeos que se pueden ver en canales de internet como Youtube. Mientras que el graffiti basa gran parte de su éxito en lo directo del mensaje, el artista del vídeo se empeña en usar un lenguaje complicado, simbólico, de varias lecturas, es decir, lo opuesto a la inmediatez y simplicidad del videoclip y la publicidad. La explicación creo que no puede ser otra que la de alejarse lo más posible de los cánones establecidos, la búsqueda de un lenguaje más humano, menos condicionado. Pero si ese es el fin del artista, ¿no sería más lógico transmitir nuestro mensaje con unos códigos más legibles?

El videoclip se ha apropiado de los hallazgos visuales del videoarte para adaptarlo a unos cánones determinados por la publicidad y el marketing. El mensaje es arrebatado y eliminado. Al menos en los inicios, porque poco a poco el videoclip, a pesar de los límites impuestos por el mercado musical, ha ido creando su propio lenguaje, convirtiéndose en un medio en sí mismo con trabajos tan interesantes como «Oh, Superman» de Laurie Anderson, en los 80, muy cercanas a las propuestas del videoarte; los trabajos del artista Chris Cunningham ya en los 90, trabajando para músicos como Björk, Aphex Twin o Autechre,

En los últimos años el videoclip parece haber perdido el empuje que le dió el videoarte, y muestra mensajes cada vez más explícitos y provocadores, estéticas provenientes de la moda y el cine, sexo y violencia. No me resisto a poner el videoclip de Queens Of The Stone Age «Go With The Flow», perfecto ejemplo de esto que digo. Pero quizá la artista más representativa del momento actual es Miley Cyrus, catapultada por el canal de televisión MTV, canal que empezó siendo un referente del videoclip, y ahora preocupado únicamente por el escándalo, la provocación y el mal gusto. Todo ello llevado al extremo.

Algo parecido ha sucedido con el Arte Urbano y las marcas, que se han apoderado únicamente de la estética, de la iconografía, vaciando todo el contenido de crítica que poseían las obras, quedándose únicamente en una vaga y vacía referencia a la rebeldía, que fuera de su contexto, parece transmitir la idea de «si te pones esto parecerás un rebelde y eso te hará más exitoso socialmente».

Para el videoarte, aparte de la autocomplacencia, la evolución lógica pasa por los nuevos medios de comunicación y distribución. Internet proporciona conceptos tan interesantes como la simultaneidad e interconexión. Democratiza el arte, y últimamente empieza a ser una amenaza para los medios de comunicación tradicionales y los canales de difusión del cine y la televisión. Ya no son tan necesarias las productoras y las grandes inversiones para conseguir éxitos comerciales. La tecnología empieza también a ser asequible, por lo que con muy pocos medios se pueden conseguir grandes resultados. Aparecen movimientos colaborativos tan interesantes como los Creative Commons, y se empieza a extender la idea de que en ocasiones es más interesante el trabajo colaborativo y sin ánimo de lucro en la producción artística, lo que redunda en una mayor libertad creativa.

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